Experiencias viajeras: no importa dónde o cuándo pero compártelas -Crónica 1

Crónica 1

Diana Rodríguez | 24 mayo, 2016

Que cada aventura sirva para narrar lo que tus ojos vean. No importa cómo, pero, nunca dejes de contar. Recuperando algunas historias de mis viajes, les dejo una crónica sobre Tintorero, Venezuela. Hilos, colores, telares y letras... ¡más inspirador lo dudo!

Dicen que los trotamundos tienen la dicha de irse con la mochila casi vacía y regresar con cientos de miles de historias que podrán contar una y otra vez sin perder vigencia. Yo todavía no llego a las cien, pero, cada anécdota que colecciono en los viajes me vale por mil.

Durante esta semana compartiré con ustedes algunas crónicas que he recuperado del baúl de los recuerdos y que por algún motivo no las había publicado. Empezaré con una que escribí hace dos años, justo en un viaje encaminado hacia la Región Centro- Occidental de Venezuela.  Primera parada: Tintorero. Aldea colorida, artesanal, musical y golpeada por una crisis que no perdona ni a las mejores tradiciones.

A Tintorero le debo un conocimiento popular que no lo garantiza ni la mejor academia, una tesis y un deseo permanente por perderme para encontrar a estos protagonistas.

 

“Cuando trabaja su arte uno es diferente. Hasta camina, habla y se mueve de otra manera” (Sixto Sarmiento)

 

Crónica 1

La Hamaca Familiar

En Tintorero los días discurren con lentitud, pero sin pausas. Las personas no viven el estrés capitalino, disfrutan las tardes y madrugan para trabajar en su misma parroquia, dividida por sectores que homenajean los apellidos de las familias más numerosas y que se mantienen unidas en la zona. Los Montes, por ejemplo, viven al sureste de la Aldea Artesanal justo en la cuadra que coincide con las tres licorerías del pueblo, sirve de parada y encuentro romántico para los estudiantes.

Provenientes del legado artesanal de Esteban Montes, Noel y sus hermanos nos reciben a las ocho de la mañana con un sol inclemente y una actitud activa que acompaña el sudor de sus frentes. Su casa no disimula el ingenio textil de la familia y la mezcla de generaciones que participan en la creación.

Noel Montes es el primero que despierta en el hogar, abre las puertas de su taller textil, junto a su taza de café, para acomodar las dos piezas que le permiten hacer la urdimbre y arrancar la jornada. Con más de once años de experiencia, él reconoce la cantidad de hilo y tiempo que ameritan los viajes del pabilo para diseñar la base familiar.

Con paciencia espera a que cada integrante se despierte y les indica la dinámica de producción del día.

— Hoy me trajeron nuevos hilos –dice mientras muestra los carretes.

Orgulloso de su inversión, sabe que el precio de su trabajo se duplica por el capital que tuvo que dar para la materia prima. Sin embargo, sólo tiene cabeza para diseñar un tejido que describe el estilo de sus antecesores y lo ayuda a crear la familiar. Bajo el auspicio de su telar.

Noel es uno de los pocos tejedores del pueblo que aún mantiene la producción de un telar únicamente con el apoyo de su familia, como en la época de su tío Esteban y de Sixto Sarmiento, maestros en el arte de convertir algodón en piezas.

 

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Dannys y Leodan, hermanos de Noel, tienen su puesto asegurado en el desarrollo endógeno de la producción. Con un telar para cada uno, dirigen la lanzadera durante sus viajes para asegurar con el peine la combinación de los hilos. Leodan, es silencioso pero ágil con cada pisada que define la trama del tejido. Dannys, se distrae con la misma facilidad que tiene para logra amarrar los cientos de nudos que acompañan a la cabuya.

Entrar al taller y verlos en plena acción laboral nos trasportó a los primeros puestos de un espectáculo dancístico. Sus pies se sincronizan al son de la cañuela que con el rollo de hilo rojo marca los cuadros de diferentes colores. Es así como de la estructura de madera, dirigida por los pies y las manos de estos hombres, saltan los tonos rosados mezclados con el naranja, violeta y azul que fueron elegidos al inicio de la jornada.

— Son como tres horas tejer la base –comenta Noel y los hermanos asientan con la cabeza su respuesta mientras se mueven de izquierda a derecha para tejer.

 

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Arelys Rodríguez, como esposa dedicada al oficio de su marido Noel, espera junto a su máquina de coser la base que los hombres diseñaron. Ella con sumo cuidado, y sin despegar su mirada de la aguja, bordea con hilo nailon toda la pieza para elaborar la clineja. Con el apoyo de su madre Zuleima Torrealba, quien la visita esporádicamente, se desliga de las decoraciones por unos días para dejar en manos de ella el trabajo de la trapera. Confía en los años de experiencia de Doña Zuleima y así economizar el hilo en cada decoración.

Con la visita de su madre, Arelys tiene tiempo extra para preparar el almuerzo antes de que el reloj les avise a los hombres que ya es la hora de parar la maquinaria y descansar. De esta forma, la mañana se le va entre la cocina y la sala.

En compañía de su nieta de tres años, Noel pasea durante el día del telar a la casa para sacar las bases de los tejidos y apoyar a las mujeres. Diez pasos es la distancia de un lugar a otro.

— Cuando ellas terminan esta parte, que indudablemente necesita de los cuidados de las mujeres, yo me acerco a la casa para encabuyar –menciona Noel y su nieta se sienta sobre sus piernas para observar todo el proceso que hace el abuelo.

A Noel le gusta tener muy cerca a Kemberlin, su nieta. Sus ojos se iluminan cuando ve a la pequeña interesarse por un oficio que, más que trabajo, es tradición. Esta imagen lo anima a apostar por las nuevas generaciones que empezarán a escribir con letras capitulares una nueva página en la historia textil de Tintorero.

Kemberlin se emociona cuando su abuelo se levanta y empieza a colgar todo el trabajo de la familia que se convierte en una hamaca extra grande. La niña no comprende el proceso del tejido por su corta edad, pero convivir con los Montes hizo que memorizara -primero que las letras- los nombres de las piezas.

—¡Mira! esta es la familiar –dice la pequeña claramente al ver el tamaño de la hamaca.

La escena que tanto esperemos ver durante el día terminó con un colorido cuadro de hilos y una sonrisa entre cómplices. Un momento como pocos, que fue capaz de robar mi lista de preguntas. Solo quise mirar. Apagué la grabadora. Reí. Y todavía agradezco esa oportunidad.

De esa aventura, mi compañera de tesis y yo, retratamos algunos Rostros de Tintorero.

Diana Rodríguez

Comunicadora social y periodista por oficio. Sueña, habla y escribe sobre viajes. Su gran viaje comenzó cuando decidió dejar su vida de confort y aterrizar en Europa con un billete solo de ida y con 20$ en la mochila. Ha trabajado en medios internacionales como La Mega, la emisora juvenil del circuito radial venezolano Unión Radio. Muchas de sus historias viajeras se leen en Reino Unido a través de El Ibérico, primer periódico español en Londres. Produce eventos, contenido de turismo y cultura.